Una reflexión de las razones que tiene la gente para embarcarse en competiciones o retos personales que nos ponen al límite de nuestras posibilidades

Hace años los retos personales eran casi secretos, se huía de tener que realizarlos en publico, se iba a competir diciéndolo con la boca pequeña, porque algunos incluso te miraban mal, la montaña no es para correr decían… Y primaba más la superación de objetivos en grupo, que los objetivos personales.

Actualmente, a principios de año, ya tienes que marcarte una calendario con un montón de objetivos, y estos han de pasar por correr varias Ultras por desafío y algunos maratones para ponerte a punto; esto es fácil de decir y apuntar, pero muy difícil de llevar a la práctica, pues se necesitan muchas horas de entrenamiento y dedicación para poder asumirlo con unas mínimas garantías.

Además pasa que, al final, un calendario de carreras manda sobre nuestra agenda, y así se ha llegado al punto de que las carreras formen parte de nuestra vida y que estas condicionen todo nuestro tiempo de ocio: largos entrenamientos enfocados a tal o cual carrera, viajes, material, etc... Un buen puñado de fines de semana comprometidos con meses de antelación.

A todo esto se suma la cantidad de carreras que hay cada semana y que parece que al estar ahí, nos “obliguen” a participar, carreras diseñadas para profesionales, donde la mayoría son aficionados o debutantes, y que por poco duras que sean, nos dejarán unos días funcionando como zombis.

Es difícil pensar qué mueve a tantas personas a apuntarse en competiciones donde la mayoría sufre muchísimo durante toda la carrera y que acaban poco menos que “muertos”, y que, al final, las sensaciones que tenemos son todo lo contrario a cuando corremos a nuestro aire y sin ningún tipo de presión.

Realmente hay dos tipos de corredores en una misma línea de salida, los que optan a la victoria o a una posición destacada y los que salen para intentar terminar. A los primeros, les mueve el resultado y la competitividad, pero a los otros, “solo” el objetivo de intentar llegar a meta. Esto les lleva a una gestión de carrera tan difícil, que seguramente se pierden todo lo mejor de las carreras por montaña, que son normalmente los recorridos. Nos asusta tanto la dureza que la “sufrimos” antes de padecerla, porque no dejamos de pensar en lo que nos espera en cada momento.

¿Es tanta la fuerza del márquetin, que nos convence de que para sentirnos bien hemos de sacar el hígado por la boca y así demostrarnos que podemos hacer lo que nos planteemos?

Para poder analizar el tema de los corredores finisher, es importante tomar como punto de partida que ellos son conscientes de que no pueden realizar todo el entrenamiento que debieran para acudir en condiciones. Saben de antemano que las van a pasar canutas, que sus articulaciones les van a maldecir por recibir semejante tortura, que tienen altas posibilidades de tener que abandonar, y aun así se apuntan… Y es que la insistencia sobre el tema de que hay que llegar al límite para autovalorarse más está haciendo estragos.

Es verdad que entrenando y preparándonos bien podemos disfrutar mucho de una carrera de montaña; la mayoría de veces los paisajes compensan los sufrimientos, y la camaradería que hay entre corredores nos ayuda a superar momentos críticos, y que al acabar estaremos satisfechos de lo conseguido. Pero todo esto lo debemos hacer porque es nuestra decisión, no la de otros.

Al final, el tema de saber los límites de cada uno es una cuestión que a veces sin querer te encuentras, y por descontado no solo corriendo. La montaña, por sí sola, te los puede “exigir” en cualquier momento, por infinidad de motivos: mal tiempo, dureza, riesgo, etc.

¿Por qué gente que no ha competido nunca se embarca a probarlo y a dejarse la piel en una carrera? Por lo que parece, el márquetin va enfocado a la gente que comienza en estos deportes y les intentan “vender” que han de superarse a toda costa, si no, no entrarán en el club de los elegidos.

¿Cuándo se produce el gran cambio de practicar deporte por hobby a competir? Cuando pensamos que, para validar todo lo que estamos entrenando, debemos pasar un examen y demostrar que hemos sido capaces de superar el reto que nos ha propuesto alguien, y que seguramente nosotros solos no teníamos ninguna necesidad de salir a buscar.

Todo esto lleva a pensar que lo que se ha producido es un cambio sobre la imagen, que ahora es casi necesario tener y poder compartir en las redes sociales. Años atrás, era acudir al gimnasio y equiparse con todo el material “necesario” y ponerse cachas, que se viera que éramos deportistas entusiastas, pero esto no conllevaba prácticamente ningún sufrimiento extraordinario.

Acudir al gimnasio, realizar sesiones a gusto del consumidor, más o menos fuertes, hacer la tertulia y poco más. Pero señores, subirse al carro de las carreras de montaña es otro pastel muy diferente, y no deberíamos tomar decisiones simplemente porque que está de moda y que hasta el vecino lo hace; por lo tanto, ¡cómo no lo vamos a hacer nosotros!

Y claro, una vez que tenemos claro que queremos estar en la onda, hay que tirar “palante”, comprar todo lo necesario y entrenar todo lo que se pueda, y aquí entra una faceta que quizás muchos no contemplaban: esto engancha, y engancha muy fuerte, y lo que comenzó como un hobby, puede que se convierta en una obligación, y de ahí el siguiente paso es quedar saturados en poco tiempo de toda esta historia y pasar de ella, para seguir haciendo lo que nos gustaba en un principio, disfrutar del placer de correr, simplemente…

Lluís Capdevila