El mundo de la hostelería, la restauración y el turismo, salvo contadas excepciones, está pensado para grupos estándar que se mueven en horarios estándar, comen menús estándar y hacen actividades estándar. Los deportistas somos extraños, pero es fácil hacernos felices si hay empatía y pequeños gestos de adaptación.

"Estos que vienen a correr por la montaña, van medio ahogados mirando al suelo, obsesionados con ir deprisa y sólo quieren llegar a meta. No saben apreciar el paisaje ni lo que el Parque de (...) les ofrece. "

Esta intervención, transcrita de memoria, la hizo una guía turística en el marco de unas jornadas tituladas "Cómo atraer más senderistas" en el pasado Salón de Turismo de Montaña de Lleida. Concretamente se trataba de la presidenta de una asociación de guías turísticos y acompañadores de montaña de un parque nacional muy conocido.
 
No es la primera vez que oigo afirmaciones de este estilo en una jornada de profesionales del turismo. Recuerdo perfectamente hace varios años a la gerente de una empresa de cicloturismo del Empordà -una de las primeras y más consolidadas- defender en público algo así como que "con la BTT no se puede hacer turismo porque la posición de la bici te obliga a mirar al suelo. El cicloturismo en cambio te permite contemplar el paisaje y descubrir el lugar que visitas. "
 
Pues bien, yo soy una de esas que no sabemos apreciar el paisaje porque suelo decidir dónde viajo en función del deporte que pueda hacer. Corriendo, en bicicleta de carretera, en bici de montaña, esquiando o escalando. Sin ser ningún profesional del deporte, lo que determinará mi decisión a la hora de viajar es qué me puede ofrecer de extraordinario un destino para desarrollar una de estas actividades. Asimismo, y casi tan importante como lo anterior, valoraré si hay los servicios que necesito para poder desarrollarla con el máximo confort. Perdonadme por favor gurús del turismo, pero es así. Pienso así. Soy así. Y me gasto el dinero cuando salgo de casa, igual o más que el cicloturista o senderista cultural de turno.
 
Con esto, quiero decir que hay que entender que no todo el mundo hace el turista con la misma motivación, por lo que, las necesidades de cada uno de nosotros variarán. Ahora bien, los deportistas exigiremos unos mínimos en la atención y los servicios, apreciaremos el paisaje y descubriremos el lugar que visitaremos de otro modo. Recordaremos más el kilómetro mantenido al 20% de las rampas de Fumanya, en Vallcebre, en lugar de su parque geológico excepcional. Y qué? ¿Es que hay que exigir al turista que venga a hacer y a ver lo que el gestor de un destino presupone que lo hace ser interesante?
 
Mi compañero de fatigas, el bicampeón del mundo de deportes de aventura Lluís Capdevila, habla muy a menudo de incorporar el concepto ENTRENAMIENTO dentro del universo del negocio turístico. No puedo estar más de acuerdo.
 
El mundo de la hostelería, la restauración y el turismo, salvo contadas excepciones, está pensado para grupos estándar que se mueven en horarios estándar, comen menús estándar y hacen actividades estándar. Los deportistas somos extraños, pero es fácil hacernos felices, si hay empatía y pequeños gestos de adaptación. E insisto, al final pagaremos un precio justo por el servicio que se nos ha dado.
Aplicar el sentido común, tener claras las motivaciones y necesidades de los deportistas y formar al personal para que puedan satisfacerlas.
 
A modo de ejemplo de malas praxis muy fácilmente corregibles -y que sirva de precedente para quien me lea y sea del gremio- la famosa respuesta de los restauradores: NO.
Cuando después de una jornada de 3 horas patinando con los esquís de fondo, famélica me dirijo al bar de una estación de esquí de fondo X y pido si me pueden hacer un bocadillo.
contextualizo:
• No me apetece sentarme a comer unos callos con salsa después de hacer deporte. Todo el mundo come, seguro que son buenísimos, es el menú que tienes y me lo habrás preparado en 3 minutos, pero yo no quiero.
• Es más, prefiero comer poco porque después del break quizás me apetecerá hacer una hora más de esquí de fondo clásico y acabar el entreno a la hora que cierra la estación.
• Son las 15: 30h y el restaurante no está lleno.
 
La respuesta es NO. El motivo es que están sirviendo los postres y no me pueden hacer un bocadillo. Me resigno y no le insulto, soy educada. Me voy de la estación y me dirijo al restaurante -refugio de montaña de 1km más abajo. La situación se repite. El mismo NO y por el mismo motivo. No pido barritas ricas en proteínas y bajas en sodio, pido un bocadillo. No puede ser tan complicado hacerlo, no?
 
Lo curioso del caso, es que antes de ponerme a esquiar he tenido una interesante conversación con el director de la estación, preguntándose y preguntándonos qué hay que hacer para llegar a este segmento de gente que entrenamos en bici y corriendo. Esta gente que prestigiamos la estación de esquí y le damos "vidilla" y que puede hacer atraer un público interesante para la estación y para las economías de los pueblos de alrededor, que también viven del turismo. El razonamiento es que el esquí de fondo es un entrenamiento de invierno magnífico para este segmento, pero que seguramente no es suficientemente conocido y hay que comunicarlo bien.
 
Error. No sólo hay que comunicarlo bien, sino que antes hay que estar preparado para recibir adecuadamente a este tipo de personas. Captar un cliente cuesta 100 veces más que perderlo por un detalle como éste. Poder atender las necesidades de los turistas deportivos requiere un esfuerzo pequeño. Mi fuerza de prescripción puede ser grande. Las redes sociales son inalcanzables. En este artículo la estación de esquí de fondo es X, en el próximo, quizás los ejemplos vayan con nombre y apellidos.
 
Gestores y planificadores, profesionales del turismo, estoy a vuestra disposición para ayudaros y si lo considerais interesante, asesoraros.
 
Este será el primero de una serie de artículos donde escribiré lo que pienso sobre la relación entre turismo y deporte.
 
Agnès Güell
Extrem Team